El Buda refirió en cierta ocasión una de sus vidas anteriores, antes de alcanzar la Iluminación. Un gran emperador tenía tres hijos y el Buda había sida el menor de ellos, llamado Mahasattva. Mahasattva era un chiquillo afectuoso y compasivo por naturaleza y consideraba a todos los seres vivos hijos suyos.

- ¿Qué tendría que comer ahora la tigresa para recuperarse?
- Sólo carne o sangre fresca -le respondieron.
- ¿Quién daría su propia carne y su propia sangre para alimentarla y savar así su vida y la de sus cachorros? -volvió a preguntar.
- ¿Quién en realidad? -dijeron ellos.
Mahasattva, profundamente conmovido por el trance en que se hallaban la tigresa y sus cachorros, empezó a pensar: "Durante mucho tiempo he vagado por el samsara sin propósito alguno, vida tras vida, y a causa del deseo, la ira y la ignorancia he hecho poco para ayudar a otros seres. Aquí se me presenta al fin una gran oportunidad".
- Adelantaos vosotros. En seguida os daré alcance.
Luego volvió sigilosamente hacia la tigresa, llegó a su lado y se tendió delante de ella para ofrecerse como alimento. La tigresa lo miró, pero estaba tan débil que ni siquiera podía abrir la boca. Así que el principe buscó un palo puntiagudo y se hizo un profundo corte del que manó abundante sangre; la tigresa la lamió y recobró suficiente fuerza para abrir las mandíbulas y comérselo.